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Gabriel Sosa

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Florencia Penedo

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Fernando Luzardo

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Federico Pritsch

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Carlos Latorre

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Alicia González

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Esa canción

Por Soledad Castro Lazaroff.

Viajar con música en tiempos de cuarentena

Entreabre los ojos y se da cuenta de que soñó con música. Mientras retoma la conciencia, despacio, hace el esfuerzo de retener el recuerdo de la melodía, de reconocer, exactamente, de qué se trata. Ahí mismo, en la cama, agarra el celular, entra en Youtube, busca hasta que encuentra y pone esa canción. La escucha bajito varias veces y el sonido latoso la arropa como una sábana, mientras el sol del otoño se escurre por la persiana y entra, atrevido, a visitarla.

Al rato se levanta y la tararea en la cocina, cuando lava los platos de la noche anterior. Prepara el mate, prende la computadora y se sienta al escritorio para organizar las tareas del día. Está dispuesta a ser productiva, a no perder el tiempo. Pero no puede evitarlo: antes de abrir el mail, antes de leer ningún documento, vuelve a entrar en el buscador y escribe, casi de manera inconsciente, el nombre de la canción. Clickea, pone play. Ahora el tema suena en unos parlantes un poco mejores, esos potenciados que compró hace años y que todavía se la bancan bien de bien. 

Por supuesto que la música es una trampa. Al tercer compás, ella ya no está ahí, en su casa, bien dispuesta para hacer el trabajo pendiente. Los acordes rebotan contra las paredes y van armando un remolino que la envuelve para llevarla de viaje a otros tiempos, a otros espacios. No son lugares donde llega a aterrizar. Están velados por una neblina, como si los percibiera a través de un vidrio esmerilado. Ve colores que se entremezclan, siente el viento de una playa, se le aparece una mujer negra que pasa caminando y se contornea, sus caderas amplias y abundantes como el mar. Después, las risas de un hombre. El abrazo adentro del océano y las olas que se rompen contra las rodillas, mientras ella pasa su mano por el pelo mojado, fino, y también besa y siente el gusto de la sal.

La canción termina y trae un silencio un poco incómodo. El día se abre paso porque el reloj no espera. Solo tres minutos y medio más, piensa, después empiezo a trabajar. Tres minutitos no hacen ninguna diferencia. Y otra vez pone play pero se concentra solo en la percusión y en el bajo, en la manera como se siente el groove en esa base de cadencia única. Entonces vuelve a viajar, pero esta vez a los setenta, a una escena de cine donde una banda de jóvenes delincuentes camina por la calle. Esa primera imagen es el principio de un descenso vertiginoso por una corriente desencadenada de ideas que se enganchan unas con otras hasta que suenan los brass y solo hay un puerto, una especie de embarcadero en la noche, desde donde mira una barca de madera que, en pleno fade out, se va alejando y haciéndose más chiquita mientras rumbea hacia la luna llena.

Tiene un mensaje de Whatsapp, dos, tres, veinticinco. El mundo la reclama con su golpeteo constante de obligaciones, en un ritmo que no tiene divisiones perfectas ni acompaña armonías. Por un momento, se acuerda de John Cage, de sus partituras hechas de sonidos de calderas que hervían y radios que se prendían y se apagaban, o del silencio, que no era silencio, de un auditorio ansioso y expectante. Ese pensamiento le dibuja en la cara una sonrisa que, si alguien la estuviera viendo, interpretaría como irónica, o, tal vez, resignada. Abre los mails, empieza a responder, intenta concentrarse. Los sonidos del Samsung y de la Mac invaden su cabeza mientras los pulsos finales de la canción corren a esconderse debajo de la alfombra, o se alejan de su cuerpo hasta guardarse en un rincón lejano, dentro de la alacena o de la biblioteca.

Cuando llega la noche, está cansada. De los viajes que supo hacer en la mañana no queda nada, ni el más mínimo rastro. Aquello está borrado: es, literalmente, como si no hubiera sucedido, porque ella no lo recordará nunca más. Su cabeza está en su sitio, en el tibio presente de su casa: incluso en el encierro, con el trabajo a distancia, hoy le han pasado cosas importantes. Duda de sí misma, no sabe si lo que hizo está bien, si el esfuerzo fue suficiente. El escritorio luce repleto con los restos del día: los libros, las servilletas, la agenda, el termo, el mate, un plato con migas y un tarro de miel. Las cosas se le antojan banales, desangeladas, y el celular parece el único destino en el final de un día como este, como el tuyo y el suyo y todos los demás. Pero entonces, casi sin darse cuenta, mientras repasa, distraída, las páginas abiertas en el buscador, se encuentra a sí misma tarareando aquella melodía. Y así, aunque se reprocha por ser una obsesiva, por escuchar siempre lo mismo y no explorar cosas nuevas, tipea el nombre de la canción en el buscador y pone play.

Unos vecinos que caminan hacia el supermercado escuchan la música desde la calle y miran, de casualidad, para adentro de su ventana. Entonces la ven bailar en el living y se detienen unos segundos en su cuerpo, largo y anguloso, que gira sobre sí mismo. Uno de ellos se queda pensando de dónde conoce esa canción y empieza a viajar, ensimismado.

Foto: Andrei Lazarev

Matices – Nuevos sueños

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Tema inspirado y creado en estos tiempos que corren de la pandemia del Covid-19 en el mundo.

Fue grabado por los músicos y las voces, cada cual desde su casa en cuarentena.

Ficha Técnica: Christian Villar – Voz Gonzalo Villar – Voz Diego Villar – Voz – Guitarra y Arreglos vocales Nicolás Noechwicz – Primera guitarra – Arreglos musicales Sebastian Muñoz – Bajo – Mezcla y edición de audio Mauro Perrone – Percusión Rodrigo «Tote» Fernandez – Batería Älvaro Cardozo – Teclado Diego Loza – Edición de video

No hay quien pare la música

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Por Carlos Dopico.

Del confinamiento al mundo

Una de las mayores interrogantes en el mundo artístico tras los efectos primarios de esta pandemia está relacionada, por supuesto, con su impacto sobre la industria musical. La cancelación de presentaciones en vivo, la paralización casi absoluta de la actividad, el cese de una enorme cantidad de puestos de trabajo y la detención de todo el cronograma de comercialización global -giras, ediciones, y hasta ceremonias de premiación- disparó las alarmas. Sin embargo, a nadie se le ocurrió pensar que esta crisis sanitaria mundial, más allá del recomendado uso de tapabocas, podría amordazar a quienes componen o desatar un agujero negro musical.

En una reciente entrevista de la agencia de noticias Telam, el músico y productor argentino Gustavo Santaolalla advirtió que “la música siempre experimentó cambios”, y subrayó que “lo más importante es la conexión que un artista establece con la gente. Los sistemas de distribución y negocios se adaptarán a la necesidad que la gente tiene de acercarse a lo que ese artista hace”. Ahí hay una clave fundamental para perder el miedo, sin sentarse a esperar. Es el aparato industrial el que está en problemas y no el artista, más allá del ahogo económico que por un tiempo le toque atravesar. Los sistemas se adaptarán y la música, esa intangible expresión milenaria, de una u otra forma se hará escuchar.

Desde que estalló la pandemia del Covid 19 y se activaron las medidas de aislamiento social, decenas de artistas del mundo –Jorge Drexler fue uno de los primeros- comenzaron a manifestar por la red la incontenible necesidad de tocar. Con recitales espontáneos, televisados; desde salas vacías o espacios íntimos del hogar hasta en pequeños conciertos de figuras globales reunidas en torno a un mega festival: todos han buscado mantener el pulso y sostener la llama. Hasta ahora, el rédito económico que se ha podido obtener por esa actividad es errático y dispar, pero desde el día “uno” de esta pandemia la música ha roto el confinamiento de quedarse en el hogar. De un balcón al otro, en un show por streaming o en un mini recital: se ha filtrado por cada hendija de este encierro global. No sólo no se ha detenido sino que seguramente jamás lo hará.

Por varios meses se avizora un cambio radical en el comportamiento social, provocando pérdidas millonarias al sector industrial, pero estoy seguro de que los creadores siguen componiendo sin parar. Las crisis económicas, los enfrentamientos bélicos, los procesos dictatoriales o los padecimientos raciales han sido instancias de trascendente producción cultural. La fuerte sacudida social siempre ha estado ligada tanto a la aguda observación como a la interpretación más conmovedora o a la expresión visceral.

Ejemplos hay miles. Desde “Manifiesto”, que le costara la vida al chileno Víctor Jara, el grito sufrido «London Calling” de los británicos The Clash, “Working Class Hero”, de John Lennon después de Los Beatles, “Factory” de Bruce Sprignsteen, una crónica aguda de la dura rutina laboral, la confrontativa “Know your enemy” de Rage Against The Machine, la instrumental e inquieta “Acknowledgement”, de John Coltrane, “All along the Watchtower” de Bob Dylan, que Jimi Hendrix hizo explotar, “Strange Fruit”, en la que la norteamericana Billie Holiday batalla por los derechos civiles de su comunidad, “Los Dinosaurios” de Charly García, “Santa Rosa” de la Trampa, a causa del exilio por la crisis económica local, o las “contracanciones” que en “Guitarra Negra” expuso Alfredo Zitarrosa, por acá, a fines de los 70.

Este confinamiento y replanteo impuesto del proceso habitual traerá consigo un nuevo sistema de negocio pero no un empobrecimiento de la producción cultural. No hay manera de cortar la cadena, no hay descartes que tirar, no hay cómo detener lo incontenible del divino arte de crear. Pero es claro que habrá cambios. Según algunos cálculos incomprobables que circularon estos días, cada año asisten a festivales y conciertos alrededor de 2 mil millones de personas, es decir, la tercera parte de la población mundial. Tal vez pase mucho tiempo hasta que volvamos a asistir en colectivo a una experiencia musical en vivo tal como las conocemos, pero no habrá un paréntesis hasta el final. Ya comenzaron otras formas, otras posibilidades, y el atractivo desafío de buscar cómo y a quiénes llegar.

Hoy en día es muy simple y accesible alcanzar un registro de calidad. Una PC, una tarjeta de sonido y algún instrumento son suficientes para autograbarse sin salir del hogar. En este contexto, es probable que resurja la manufactura o la autofactura, el famoso “do it yourself”, la forma más elemental de la industria. También es presumible que muchos músicos comiencen, además, a trabajar en solitario, e incluso que empiecen a componer quienes todavía no lo habían experimentado, y a publicar de forma independiente tirando su botella en el mar de la oportunidad. 

¡Que siga la música! La industria viene detrás.

Foto: Marcelo E. Pinto

Florencia Núñez – Siento que te estoy perdiendo

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Florencia Núñez estrena su versión de “Siento que te estoy perdiendo” en homenaje a Luis Eduardo Aute (1943-2020)